IV.   Del día en que Marco Apolinar conoció al A´pa y al Tío.


Dejé todo, dediqué mi tiempo y esfuerzo a reunir los recursos para comprar la mercancía suficiente para expandirme, inicialmente invertí en pura mota. El uso de aquella playera tipo polo se hizo casi obligatorio, la convertí en un uniforme, la gente me comentaba que parecía retrato; mejor para mí, ya comenzaban a reconocerme, así recibí mi primer apodo; ya no sólo era el Marco, ahora era “el tres”. Caminaba por las calle y todo era más fácil, invertí en mi imagen, ya no me veía como cualquier mariguanillo, hasta los polis me saludaban, yo amablemente contestaba el saludo y seguía mi camino con mi mochila cargada de tubos. No solo vendía en la secundaria, el cambio de look me abrió más mercado, entraba en los antros, me movía por otras colonias, hasta comencé a surtir pedidos por celular, era más fácil, ya no tienes que andar como perro, buscando quién te compre, arriesgando el pellejo a que te encuentres un güey que sea madrina; no, mejor te quedas en tu casa y esperas a que tu teléfono suene, acuerdas un lugar, una hora y listo, es más fácil.

                En todo negocio el cliente tiene la razón, así que trato de darles lo más justo en cada compra, si ustedes pudieran ver la cara de cada comprador cuando recibe la mercancía, antes de abrir el paquete, ya lo conquisté con el tacto, poco papel periódico, lo aprietan y sienten la textura de la mercancía; cuando llega el momento de abrirlo, sus ojos se iluminan, me agradecen con una sonrisa y se van felices, yo también; me hago la señal de la cruz y beso el crucifijo de mi madre. Ser tan buen vendedor me trajo algunos problemas. Desde el día en que el barrio dejó en mi brazo una cicatriz, traté de no meterme en su camino, lo conocía muy bien, conocía sus mañas y sabía que no olvidaba; pero según él, yo le había estado quitando los clientes, sus ventas habían bajado y estaba enterado de mi nueva posición. Me dijeron que me andaba buscando, pero eso no me apuró, él sabía perfectamente dónde encontrarme, además yo también quería cobrarme el recuerdito y ya no le tenía miedo, las cosas como son y que pase lo que tenga que pasar me repetía cada que escuchaba algún comentario sobre él.

                Una de las cosas que más miedo me daba, siempre fue ir a recoger la mercancía; conforme avanzaba el negocio, las cantidades de compra eran mayores, mi primera inversión fue para comprar medio kilo, luego en cada compra cargaba en mi mochila por lo menos 2 kilos; en cada transacción me encomendaba a mí madre y durante todo el trayecto un sudor frío se encargaba de cubrir todo mi cuerpo y de empapar toda prenda que llevase puesta. Tomé un colectivo que me dejó a una cuadra de mi destino, frente a la parada había una talachera y dentro de ella un teléfono público que funcionaba con monedas, el siguiente paso fue entrar al taller y desde ahí marcar, era el único teléfono del cual ellos recibían llamadas, una vez que te contestaban te daban luz verde para continuar. Un detalle de aquel teléfono público, se colocó en ese taller en los años 80’s y nunca se retiró de este lugar, funcionaba con monedas de veinte centavos, de las de antes, las de cobre; sólo el encargado del taller estaba autorizado a cambiar las monedas para su uso, el detalle era que, el cambio de cada moneda te costaba cinco pesos, ahí aprendí el porqué se llamaba crimen organizado.

                Llegué al lugar donde se encontraba una verdulería, le pregunté al encargado a manera de clave si tenía pencas de plátano, inmediatamente abrió una puerta que estaba al fondo del local y me pidió que pasara, a paso lento crucé el patio lleno de tierra y toqué en la puerta que estaba enfrente. Rechinando, se abrió y fui recibido por el Ñoño, me pidió que me sentara y que ponchara un toque, en un momento me atendería; no estaba solo, dos individuos estaban con él, a leguas se les veía el poder y la experiencia, bajé la vista para no encontrarme con la de ellos, me miraron fijamente mientras que yo buscaba el lugar más adecuado para sentarme. Uno de ellos le preguntó al ñoño quién era yo, me adelante y contesté con mi nombre; Heriberto, el ñoño, volteó a verme y como regañándome preguntó si no sabía quiénes eran ellos, mi respuesta fue negativa. Me dijo que eran el A´pa y el Tío, los meros jefes y que no me pasara de pendejo. El A´pa al ver mi cara de susto soltó una carcajada y dándome una palmada en la espalda miró a su colega, el Tío le contesto que me faltaba experiencia, que aun estaba muy tierno, “agarrales niños y serán tuyos para siempre” me pareció escuchar después de eso. Encendí el churro, lo pasé a la derecha. Ese día salí de aquel lugar sin miedo, sin sudor, adoptado por los hermanos y con un nuevo apodo “el tierno”.

 

 

CONTINUARÁ...

 

 


 

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Javier Contreras

Guanajuato, Gto., México

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